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jueves, 17 de agosto de 2017

ESTE JUEVES, CANSANCIO MENTAL

La propuesta de este jueves la trae nuestro amigo Pepe, quien nos invita a hablar de esa inercia que nos aborda tantas veces. Para leer todos los textos participantes, pasar por su blog.
Nota:
Vuelvo al rojo en el color de la fuente. No tuvo demasiado efecto benéfico para la lectura, creo.




CANSANCIO MENTAL

Frente a la taza de café, humeante aún, lucha –no demasiado, lo reconoce- para desperezarse a la par que pretende encender sus neuronas. La ducha matinal no ha cumplido su propósito más allá de lo obvio e higiénico. Las arenas del sueño permanecen aún sobre sus párpados pero no son ellas las causantes de esa laxa indolencia en la que se siente sumergido. Hay sin dudas una razón más honda que impide cualquier impulso que su mente pueda pretender dar a su pesado cuerpo, pero no le interesa ahora bucear en los porqués y sólo alcanza a observar las consecuencias.

Ensaya distintas estrategias para intentar movilizarse o, al menos, buscar un leve incentivo que lo despegue de ese letargo viscoso y desacostumbrado. De ninguna manera lo consigue. Conoce de sobra las características de su habitual pereza matutina y esto que siente en su interior, semejante a un pozo sin fondo que lo traga pegajosamente, en nada se le parece. Hay mucha más infelicidad en esta inercia brumosa que lo envuelve. Hay desasosiego. Hay un desapego absoluto a todo lo que hasta ayer le era vital o consistente.  La apatía crece en su interior invitándolo a la nada sin culpa ni cuestionamientos.

Se sumerge ya sin reticencias en la blandura amorfa que lo inmoviliza permitiéndose paladear sin prejuicios la cómoda irresponsabilidad que se apodera de sus sentidos. Entre los rincones de su conciencia se disuelven complacientes su identidad, sus pocas culpas y sus muchas inquietudes. Siente que nada tiene, en verdad, razón ni sentido.

Más allá del balcón, las nubes pasan, ligeras, llevadas por la brisa que viene desde lejos. De repente ese inocuo pensamiento toma el mando de su conciencia y se transforma en único referente. Seguir el rumbo de las nubes suena bien. Lo tienta. Lo estimula. Sin mayor aviso ni reflexión se lanza por el balcón sin que ningún instinto – ni el de su propia supervivencia- lo altere en su caída.

miércoles, 9 de agosto de 2017

ESTE JUEVES... RELOJ QUE MARCAS LAS HORAS

Otra vez Charo nos invita a sumarnos a su propuesta juevera. El tema es el Reloj y el control tiránico que ejerce sobre nosotros. Para leer todos los relatos participantes, pasar por su blog
Nota:
como verán he cambiado el color predominante de la fuente en mi entrada, espero ese cambio les facilite la lectura.




RELOJ QUE MARCAS LAS HORAS

Las dos y cuarto. A la certeza del inminente e inevitable desenlace, agregarle el castigo extra de tener que contemplar, sí o sí – no hay ubicación posible dentro de este cubículo que me lo impida- la cruenta manecilla del reloj contando segundo a segundo el escaso tiempo que me queda antes del infausto final. Me esfuerzo por dejar de observar su marcha imperturbable, pero no lo consigo.

La mente retorcida que ideó semejante tortura cronometrada ha demostrado ser sumamente perversa, al haberlo centrado justo frente al recinto que ocupamos los condenados mientras aguardamos la ejecución de nuestra sentencia.

Para quien no esté en nuestra situación, quizás ese ingenuo tictac pase totalmente desapercibido, pero, conforme avanza su impiadoso giro, los leves sonidos de su crujir interior se van transformando en tenebrosos latidos que exacerban mi propio corazón hacia el estallido.

Sin dudas su presencia es parte esencial de este ritual de tortura. En mi caso, cuando señale las tres de la tarde –¡apenas quedan minutos ya!- el inescrupuloso instrumento habrá concluido su misión de disolver mi mente al punto de hacerla papilla, consiguiendo que no haya podido centrar mi atención en otra cosa más que en su despiadada tiranía.

Los dos o tres conceptos decentes que pretendía mantener con dignidad en este momento aciago se han diluido. La omnipresencia del reloj ha ganado la batalla y mi propio miedo ha pulverizado la poca claridad de pensamiento que me quedaba. Un incontrolable sudor me empapa. No hay nada que pueda ya posponer lo inevitable.

Son las tres en punto. Ha llegado la hora. Mi garganta está tan seca que no siento rastro de saliva. Un frio intenso recorre mi espalda a medida que siento que no circula sangre por mis venas. Así y todo, consigo levantarme de mi asiento intentando conservar la verticalidad. Al menos aspiro a evitar la humillación de tener que ser asistido en este último trance.

Me dirijo como puedo hacia el frente. No soy muy consciente de lo que sucede a mi alrededor en este momento. Extiendo, vencido y sin convicción mi mano…con la hoja en blanco de mi examen hacia el profesor quien, con sorna y mirada de feliz verdugo la recibe con gesto indisimulado de desprecio, pareciéndome decir “je! No esperaba mucho más de su parte”.

jueves, 3 de agosto de 2017

ESTE JUEVES, CARTA A MÍ MISMO

Sí, sé que me pasé largamente en la cantidad de palabras, pero creo que cuando las musas se despiertan, no conviene cortarles las alas. Sepan disculpar. 
Para leer todos los relatos jueveros, pasar por el blog de Encarni





NO DEJES DE LEERLA

¡No abras la puerta roja que aparecerá a la mitad de tu sueño esta noche! ¡Por favor no lo hagas! ¡Hazme caso, aunque no comprendas bien el significado real de mi advertencia!

Recurro a escribir esta carta dirigida a mí mismo (o sea, tú, que -espero- estás leyendo) como último recurso después de muchos vanos intentos de alterar este inexplicable círculo vicioso en el que -sin quererlo- me he metido y del que no consigo, pese a mi desesperación, lograr salir.

Te explico un poco más. Si no sigues mis instrucciones, este día que está por comenzar se desarrollará más o menos igual que cualquier otro día de tu rutinaria vida: ducha, desayuno, oficina, almuerzo ligero, otra vez oficina y vuelta a casa. Entrarás en el negocio de al lado y comprarás algo dulce como para alivianar la soledad que te espera en tu casa. Harás zapping frente al televisor más o menos una hora, como todas las noches mientras esperas que el hambre te impulse a preparar algo rápido con lo que encuentres en la heladera. Leerás un rato hasta que te llegue el sueño. Acomodarás suavemente la cabeza en tu almohada… ¡y allí recomenzará todo otra vez, irremediablemente!

Verás, el sueño siempre comienza igual: un páramo ceniciento en un mundo indefinido sin sol, sin ninguna señal de vida más allá de tu conciencia que parece agudizarse fuera de toda lógica en aquellos instantes preliminares en los que vislumbras, de repente, algo rojo en medio de aquel gris blanquecino que te envuelve y contiene. Es una puerta. Roja, algo más grande de lo que suelen ser las puertas en el mundo real. Sostenida por sí misma en medio de la nada sin que haya un muro que la contenga. Te acercarás a ella atraído por su porte y la intensidad de su color en medio de aquella indefinición que te rodea.

Curioso y sorprendido darás vueltas alrededor de aquella imposible visión comprobando que nada hay detrás de ella y nada diferencia los lados de su única hoja. Buscarás detalles que te den alguna pista sobre su origen o sobre su función en aquel universo onírico en el que te encuentras. Nada hallarás escrito sobre ella. Ningún cartel, ninguna marca, ningún aviso. Centrarás tu atención entonces en las perillas doradas que se destacan a ambos lados de la puerta, por sobre la cerradura por las que ya has espiado infructuosamente. Supones que la puerta está cerrada con llave y eso aumenta tu intriga. De repente, allí al costado, sin que la hayas visto antes, te encuentras con la llave, también dorada, también suspendida en la nada, como la enigmática puerta. ¡No la tomes! ¡No te dejes vencer por la tentación de meterla en el hueco de la cerradura porque una vez que lo hagas no tendrás vuelta atrás! Atravesarás en forma irremediable la puerta de un infierno imposible de describir en sus flagelos y castigos, sucediéndose uno tras otro a medida que irás cayendo en un loop sin fin por un lapso que no serás capaz de medir.

No voy a detenerme hablando de los horrores que allí encontrarás porque no hay palabras capaces de describirlos. Sólo diré que nada de lo que puedas imaginar logra acercarse a lo que son en realidad. Tampoco puedo enumerarlos. Creerás que son infinitos, que nunca acabarán. Desearás desesperamente que llegue el final, que todo culmine aunque eso implique tu muerte. Y cuando menos lo esperas, caes súbitamente en la realidad, para reiniciar otra vez, apenas precedido por unos instantes de lúcido recuerdo, el más rutinario de tus días. Pensarás, con el paso de los minutos, que todo fue una pesadilla y que por suerte jamás volverás a experimentar algo tan espantoso. No es así, porque al final del día, cuando ya lo has olvidado todo y te abandonas al placer reparador del descanso nocturno, vuelves a reencontrarte con esa inquietante puerta roja que te atrae otra vez hacia ese laberinto interminable en el que nada puedes hacer más que dejarte arrastrar. Es allí que tomas conciencia de que eso ya lo viviste, una y otra vez, repetido hasta el infinito.

Por eso hoy, como alternativa al recurso extremo de quitarme la vida, sabiendo que nuevamente con el sueño recomenzará ese espantoso periplo de locura, he decidido -mientras conservo aún el recuerdo vívido de lo padecido- escribirme esta carta de advertencia y dejarla justo sobre mi cama para leerla antes de sucumbir bajo la telaraña espesa de ese submundo onírico que tanto me viene torturando. Junto a esta carta, escribo también una lista. Una lista que llevaré conmigo como guía para lo que debe ser una muy diferente jornada, buscando recordar lo que me espera si no altero los sucesos que me han atrapado en este loop infernal de perpetuas reiteraciones.

Quebraré entonces –intencionalmente- mi consabida rutina: esta vez tomaré un largo baño de inmersión, desayunaré luego y sin apuros junto al río disfrutando de ver pasar a la gente. Avisaré a la oficina que llegaré tarde, daré una excusa verosímil para no levantar sospechas. Recorreré, ávido, los lugares de la ciudad que aún no conozco. Almorzaré con amigos, sorprendiéndolos incluso con algún regalo. Disfrutaré la tarde de sol escuchando música en el parque. Daré una vuelta al final de la tarde por la oficina, aunque esquivando todo lo previsible. Luego iré al cine, o al teatro, caminaré más tarde sin que importe mucho el rumbo. No repararé en gastos y cenaré sin prejuicios en ese lindo restaurante que han abierto sobre la avenida. Paladearé el postre como niño goloso. Volveré caminando a casa abierto a nuevas experiencias.

Alteraré lo más posible lo que una y otra vez vengo repitiendo desde que caí en esta trampa inexplicable. No tengo, por supuesto, la certeza de que funcionará mi estrategia, pero es la única manera que se me ocurre para intentar vencer este nudo del destino. Quizás el universo haya recurrido a este intríngulis nefasto para darme un fuerte sacudón y sacarme de ese pozo anodino en el que fui convirtiendo mi propia vida.

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